Hay tres cosas en el país que desde tiempos remotos, unen y dividen a los mexicanos:
La política, la religión y el futbol.
Por eso ayer con el triunfo de la selección mexicana contra Sudáfrica con marcador de 2 goles a cero, se dejó sentir la enorme alegría que provocó en los corazones de millones de mexicanos esta victoria, que vino a erradicar de la mente de los aficionados, todos los problemas cotidianos que ocupan y preocupan a los seres humanos.
Por unas horas quedaron atrás las preferencias y fanatismos políticos y las diversas creencias religiosas para concentrar la vehemencia de los deseos en el triunfo de la selección mexicana, que finalmente ocurrió y dio pie a sonoras expresiones de algarabía en todo el país.
Porque el futbol, hermana.
Tiene esa mágica influencia de eclipsar las diferencias del pensamiento y del sentimiento, para unir el deseo de ver ondear en lo mas alto, la bandera de México en la celebración de este tercer mundial de fut bol que se realiza en nuestro país.
Primero: una nación unida por el anhelo del triunfo y después que sucedió, juntos celebrando la victoria, sin importar lo que suceda en el siguiente encuentro de la selección nacional.
Una alegría contagiosa que todavía hoy se puede sentir -y compartir- en un país polarizado en los últimos años por las preferencias políticas que han fracturado la unidad nacional, al dividir a la población en grupos, sin una autentica razón, tan solo por alcanzar beneficios que solo van en favor de una clase privilegiada y donde los que menos tienen, son la mejor escenografía.
Estamos de fiesta porque Mexico ganó ayer en la cancha, ojalá que podamos seguir disfrutando del agradable sabor del triunfo, pensando en que un día, la política llegue también a hermanarnos, sin que se obligue a nadie a cambiar sus preferencias electorales, sino que lleguemos al simple entendimiento, que el país no se puede polarizar bajo ningún motivo y que como en el deporte, generalmente ganan los que mejor se preparan y que los demás participantes, tienen que respetar los triunfos ajenos, sin reacciones que lleven a sus seguidores a fortalecer rencores, que invariablemente, siempre van en perjuicio del desarrollo de los pueblos.






