En los principales cruceros de San Fernando, una estampa cotidiana pero dolorosa golpea la vista de los automovilistas; niños que armados con limpiaparabrisas y botes de agua jabonosa, desafían el tráfico para ganar unos cuantos pesos. Se trata de menores de entre ocho y 13 años que han cambiado las aulas o el juego por la dureza de las calles, exponiéndose diariamente a las inclemencias del tiempo y a los peligros propios de la vía pública.
La situación representa un riesgo latente para su integridad física, ya que estos pequeños se desplazan entre vehículos en movimiento y ráfagas de viento que dificultan su equilibrio, mientras que el peligro de ser atropellados es una amenaza constante en cada cambio de luces en los semáforos, donde la prisa de los conductores y la fragilidad de los menores crean un escenario de alta vulnerabilidad que hasta ahora no ha tenido una solución efectiva.
Esta triste realidad social refleja las carencias económicas que obligan a la niñez local a buscar el sustento de manera prematura, sin embargo, más allá de la ayuda económica que puedan obtener, estos menores enfrentan el rechazo de una parte de la sociedad, que se refleja en muchos conductores, que desesperados por el tráfico o molestos por el abordaje, reaccionan de modo agresivo, dirigiéndose a ellos con insultos y palabras soeces que lastiman su dignidad.
El maltrato verbal y la indiferencia son muros invisibles que estos niños deben escalar a diario, a su corta edad, en lugar de recibir formación y protección, están aprendiendo a normalizar el desprecio de los adultos.
En un trato que no solo afecta su desarrollo emocional, sino que los deja a merced de vicios o peligros mayores al permanecer tantas horas sin la supervisión adecuada de una figura protectora.
Ante este panorama, la comunidad señala que el problema merece una atención mucho más profunda y activa por parte del Sistema DIF Municipal, destacando la urgencia de que se realicen censos, visitas domiciliarias y programas de apoyo real que saquen a estos niños de los cruceros.
No basta con operativos esporádicos; se requiere una estrategia integral que garantice que estos menores regresen a las escuelas y que sus familias reciban el respaldo necesario para alejarlos de los riesgos en que se encuentran metidos debido a la apremiante necesidad económica que padecen en sus hogares.
San Fernando no puede normalizar que su futuro se desgaste entre el humo de los escapes y la hostilidad del pavimento. La protección de los derechos de la infancia debe ser una prioridad que trascienda los discursos, convirtiéndose en acciones concretas que rescaten a estos niños de entre ocho y 13 años de un entorno que, lejos de ayudarlos a progresar, pone en juego su vida todos los días.






