Desde que sucedió el pasado 1 de noviembre, el artero y condenable homicidio del alcalde de Uruapan Michoacán CARLOS ALBERTO MANZO RODRIGUEZ, en México no se habla de otra cosa.
Un enorme luto nacional ensombrece el cielo del país ante un acto tan vil, que privó de la vida un Presidente Municipal que se distinguió a nivel nacional por combatir en su territorio a las bandas criminales, pero que también con la misma valentía, enfrentó a los niveles superiores de gobierno, hablándoles por su nombre.
Desde un principio se supo que su lucha no tenía futuro, el mismo lo sabía, como bien lo reconoció cuando en varias ocasiones expuso el riesgo de ser asesinado, pero el miedo no lo detuvo para continuar ejerciendo de manera implacable con su deber.
Demostrando a niveles superiores de gobierno, que las cosas se pueden hacer cuando hay determinación; sin duda, lo mataron para callarlo.
¿Pero quien o quienes dieron la orden de la ejecución?
Hay dos líneas lógicas que se imponen en este caso: la delincuencia lo sacó del camino o… gente del mismo gobierno, que ya no soportaba “las balconeadas”, que con frecuencia les daba.
Los comentarios en redes sociales dan fe de la rabia popular por este golpe bajo, de alguna manera parecido al del candidato del PRI, LUIS DONALDO COLOSIO, asesinado en el año 1994, de en un acto de campaña en Lomas Taurinas de Tijuana, que despertó una enorme indignación social y que hasta la fecha, más allá de las rebuscadas y contradictorias explicaciones oficiales, quedó etiquetado en la memoria social como un crimen de estado, atribuido a los hermanos SALINAS DE GORTARI.
De casi 2 mil 500 presidentes municipales que hay en el país, CARLOS MANZO se convirtió en una figura excepcional; le veían tamaños para ser candidato a Presidente de México, o cuando menos a Gobernador de Michoacán, donde la figura del actual mandatario ALFREDO RAMÍREZ BEDOLLA, palidecía cada vez que era cuestionado por CARLOS MANZO.
El alcalde Uruapan era un hombre que hablaba fuerte y no se dejaba intimidar, su liderazgo natural era exponencial, de tal modo que a diferencia del resto de los alcaldes de la República Mexicana, su nombre y sus mensajes eran bien conocidos en todo el país, donde tenía admiradores y simpatizantes que lo apoyaban, con comentarios elogiosos por su desempeño.
Pero lo silenciaron. Tristemente la violencia fue la única solución que encontraron, ante la falta de argumentos.
Le causaron un grave daño moral al país; habrá que esperar un buen rato para que surja un líder con esas características, porque en estos momentos, además de la rabia y la indignación, hay mucho miedo de más ejecuciones para que las voces disidentes enmudezcan, en un escenario donde además, el escepticismo campea por todo lo alto.
De tal forma que cualquier cosa que digan como resultado de las investigaciones, el pueblo no lo va a creer.






