Con los alumnos fuera de las aulas por las siguientes dos semanas y la burocracia de asueto por el periodo vacacional de navidad y fin de año, la ciudad entra en desaceleración y solo se mantiene en movimiento por la actividad de quienes no tienen un empleo de gobierno o formal en una empresa y que por necesidad, deben salir a ganarse los alimentos de cada día.
La modorra se advierte cuando el movimiento en las calles comienza más tarde, debido a que los chamacos no tienen que levantarse temprano para ir a las escuelas y por consecuencia, sus padres tampoco.
Mientras que los empleados de los tres niveles de gobierno, disponen también de dos semanas para descansar, pasear o hacer lo que mejor les plazca.
Claro que no todos tienen -o tenemos- esa suerte- un gran segmento de la población tiene que trabajar todos los días, sobre todos los que desempeñan una actividad comercial, que los lleva a trabajar hasta en los días en que todos quisiéramos estar descansando, atendiendo las visitas o conviviendo en los hogares.
Pero hay algo que nos une a los que hoy tienen la gran fortuna de estar de vacaciones y quienes por efectos de supervivencia tienen que salir todos los días a dar su mejor esfuerzo, lo que nos identifica y nos hermana, es el gran deseo de vivir en paz, de no padecer sobresaltos porque nuestros hijos andan en la calle o los padres de familia en sus trabajos.
Todos anhelamos la paz, pero entendemos que lograr este deseo no es cosa fácil; así que de momento nos conformamos con pasar el resto del año tranquilos, sin hechos que echen a perder la alegría de la Navidad y el Año Nuevo, un anhelo al que tenemos derecho, aunque solo sea por unos días.
Es una época en que nadie queremos oír de tragedias o calamidades, que nos inspira a dar afecto y expresar nuestros sentimientos en consonancia con los buenos deseos que nos prodigan las personas que forman parte de nuestros círculos de afecto.
Son tiempos de dar y recibir algo más allá de lo material; presentes más valiosos que los regalos envueltos y con un moño; las palabras tienen magia y son capaces de reanimarnos y hacer que saquemos lo mejor de nosotros mismos.
Esto es lo que hay que disfrutar, sin pasar por alto que las plegarias por la paz también son poderosas y capaces de crear una sinergia que se ajuste a nuestros pensamientos para vivir con buen humor una época que inspira crear un ambiente de armonía, en torno a un acontecimiento que hace más de dos mil años, vino a cambiar el curso de la humanidad.
Tiempos aquellos que también eran difíciles.






