Muy triste la situación en que se encuentran las familias de dos jóvenes sanfernandenses que hoy precisamente, ajustan una semana como “desaparecidos”.
Es inenarrable la angustia que se encuentran viviendo, acentuada por la desesperación que les provoca percibir que no se está realizando una verdadera búsqueda con todos los elementos tecnológicos y recursos a la mano, de los organismos creados para atender esta clase de situaciones.
Hoy en Cd. Victoria, buscarán entrevistarse con funcionarios de la administración estatal que les ayuden a intensificar la búsqueda de sus seres queridos y que a la brevedad puedan tener buenas noticias… o, simplemente noticias.
En este tipo de situaciones, el tiempo es vital; mientras más horas o días transcurran se complican las cosas y se van perdiendo las esperanzas, aunque hemos visto aquí mismo, como en casos similares que han ocurrido, las personas “desaparecidas”, han sido encontradas con vida y en buenas condiciones.
Por eso el dicho popular y muy conocido: La esperanza siempre muere al último.
En un mundo donde cada quien vive sus propios problemas, en ocasiones resulta difícil comprender a los demás y ponerse en sus zapatos, pensando en que en lo propio jamás sucederá algo parecido.
Craso error; vivimos tiempos en que para que las calamidades toquen en las puertas de los hogares, no es necesario invitarlas o hacer algo para que hagan su aparición; el problema se presenta muchas veces por estar en el momento, el lugar o con la persona equivocada.
Es fácil que lo malo suceda y no hay que mover un solo dedo para provocarlo.
Por eso, cuando una persona o más, están sufriendo por esta clase de problemáticas, lo menos que se puede hacer es mostrar empatía con su situación y apoyar en todo lo que sea posible, para que aun dentro de su dolor alcancen a entender que no están solos y que de algo sirve que las personas vivan en sociedades.
En los tiempos remotos, los seres humanos vivían aislados, a distancia unos de los otros, hasta que un día entendieron que para defenderse de las fieras salvajes y de todos los peligros de la naturaleza, lo mejor era congregarse y así nacieron las primeras aldeas, cimientos de lo que hoy conocemos como “sociedades”.
La idea era apoyarse ante los problemas comunes y así funcionó durante mucho tiempo, pero ahora, da pena ver como hay a quienes no les conmueve el dolor y la desesperación ajenas, porque ilusamente piensan que nunca van a pasar por una situación similar.
La fatalidad no conoce de posiciones, económicas, políticas ni sociales, no respeta géneros ni edades, está siempre al asecho, esperando la primera oportunidad para borrar la sonrisa de los rostros y sembrar oscuridad y dolor en los corazones.
Hay momentos en que cualquier persona desearía estar sin vida, a seguir padeciendo por desesperación y miedo a lo que se presiente, porque por naturaleza, los seres humanos siempre estamos pre dispuestos a pensar en lo peor.
Hoy, en San Fernando, hay varias familias sufriendo intensamente porque dos de sus integrantes no están con ellas y desde hace una semana que no saben de ellos, el día y la noche han sido lo mismo, sumidos en un pantano producto del temor y la impotencia, sin saber cuál será el epilogo de este tormento que viven dos madres y sus familias, junto con sus amigos más cercanos.
Dios permita que este asunto salga bien y que al paso de los días y los meses, solo quede como un mal recuerdo de algo que pasó sin motivo y sin necesidad y que aunque duela aceptarlo, son peligros que no desaparecerán, lo que nos debe llevar a la reflexión de los mayores cuidados posibles, para evitar cualquier tipo de cercanía con situaciones de riesgo.
En tanto, apoyemos a las madres y sus familias, que se sienta que somos seres humanos capaces de ser empáticos con quienes sufren y necesitan del apoyo y comprensión, para mitigar en parte, los momentos tan difíciles que se encuentran viviendo.






