Los sondeos de opinión sobre preferencias electorales se encuentran de moda en el país desde hace al menos dos décadas, en que los políticos aspirantes a candidaturas y obtener triunfos electorales, les da por medirse por su propia cuenta, es decir al margen de los trabajos del mismo tipo que hacen los partidos.
De esta manera y aprovechando las nuevas tecnologías, algunos políticos buscan –y en algunos casos logran- posicionarse y crear percepciones que funcionan para hacer creer que traen el morral lleno de la voluntad popular a su favor.
Son las llamadas encuestas “espejos” cuyo objetivo de origen pretende contrastarlas con las que realizan los partidos políticos y de esta manera tener una mayor certidumbre de su propio posicionamiento.
Pero como en todo, no faltan los –y las- vivales, que “por encargo”, es decir mediante paga, logran aparecer como favoritos del público, de tal forma que aprovechan esos “resultados” para presionar e intimidar a las cúpulas partidistas, exigiendo les otorguen las candidaturas.
Pero… no funciona así.
Los partidos tienen sus propias formas de medición y lo mas común es que las encuestas “espejo” vayan a dar al cesto de la basura, aunque dicho sea de paso, cuando coinciden con los saldos de los muestreos partidistas, se logra acceder a las postulaciones.
Es normal en estos días ver encuestas por todas partes y es común también que varias coincidan, porque un mismo personaje –varón o mujer- puede encargarlas a distintas empresas o hacerlo mediante paginas anónimas en redes sociales, respectiva paga de por medio.
Encuestas particulares que no tienen sustento ni validez alguna ante los ojos de quienes deciden en su momento las candidaturas y que por lo general, disponen de equipos de analistas que se encargan de desmenuzar los escenarios y donde siempre terminan por aflorar las identidades de quienes mañosamente pretender inducir ideas muy lejanas de la realidad en torno a su posicionamiento, frente a una campaña constitucional y sus resultados.






