Todos los días escuchamos reclamos de hombres y mujeres que no estamos de acuerdo con la mayoría de las cosas que tienen impacto en nuestras vidas; hay quejas del agua, de la electricidad, de la basura, de los baches, del frio, del calor, de los zancudos, de la falta de empleos, de los salarios bajos, de la carestía de la vida, en fin, poco falta para que nos lamentemos del aire que respiramos.
Queremos que por arte de magia, que todo cambie, que el escenario se transforme y que el panorama luzca totalmente diferente, pero pasamos por alto que el origen del problema somos nosotros mismos: la incultura en la que hemos vivido por generaciones.
Iniciando porque exigimos que el gobierno resuelva la mayoría de nuestras necesidades, cuando vivimos en sociedades, precisamente para organizarnos y de manera común, hacer frente a cualquier clase de necesidades o contingencias sistemáticas o imprevistas.
Pero ni siquiera intentamos hacerlo… se nos olvida el concepto básico de la palabra sociedad; si nos reuniéramos en grupos de vecinos, podríamos organizarnos para pedir en persona- mejores servicios, pero ¿qué hacemos?… preferimos expresarlo en las redes sociales, donde tienen un efecto demasiado fugaz e intrascendente.
La basura… muchos tenemos maleza y escombro en los terrenos donde vivimos, pero nos enojamos porque el camión recolector no pasa, mientras que somos incapaces de dirigir un escrito solicitando lámparas y reparación de las calles… pero ¿qué tal en las redes sociales?.
San Fernando puede cambiar y mucho, pero más bien aunque parezca grotesco, necesita regresar a las costumbres de tres décadas atrás, cuando era una ciudad muy limpia y organizada, lo que demuestra que si se puede.
Piénselo; hay muchas cosas que pueden mejorar pensando en una vida mejor, pero sobre todo en dejar una ciudad en orden, agradable para los jóvenes, los niños de hoy y las generaciones que vienen.
Si queremos que San Fernando cambie, nosotros tenemos que cambiar primero; ningún gobernante tendrá el poder de convencernos de actuar de una forma distinta a la que nos gusta o estamos acostumbrados.
Esa es nuestra decisión y nos tocará a nosotros disfrutar de los beneficios del cambio, o padecer por las consecuencias de la apatía que se ha convertido en común denominador de la comodidad social.






