Como parte de un show, los debates entre candidatos son utilizados para todo, menos para contrastar las propuestas y los planes de gobierno, mientras que al final de este tipo de eventos, todos los participantes, en automático se declaran ganadores.
Los formatos se encuentran bastante viciados, con toda la complacencia de las autoridades electorales federales o locales, dependiendo del tipo de elección, cuando en el ánimo de realizar ejercicios provechosos para la sociedad, lo primero que debería prevalecer, es el respeto entre los contendientes.
Pero al revés; usan estos eventos para arremeterse con todo, como si fuera una pelea de box, donde el menos golpeado resulta ganador.
¿Pero al pueblo le sirven realmente para medir capacidades, experiencias y talentos de los candidatos?. Me temo que en estas condiciones, no.
Para lo que realmente sirven los debates entre políticos, es para que se acusen con todo y de todo; desde preferencias sexuales, problemas familiares, temas de corrupción, delincuencia organizada y otros asuntos que en las confrontaciones públicas de los candidatos, solo hacen saber al pueblo, que todos los que se mueven en ese fangoso terreno, de alguna manera están embarrados de estiércol, o cuando menos del tufo.
De tal modo que, lo que puede aprovecharse para saber lo que cada candidato carga en el morral para aplicar en el ejercicio de la representación popular, se desperdicia para dar paso a señalamientos que no tienen el menor caso, porque ninguno de los abanderados tiene rango de fiscal para andar investigando las conductas de sus competidores, ni de juez, para juzgar a las contrapartes.
En lo sucesivo sería sano borrar la figura de ojos debates de las campañas, en el ánimo de sacar ese instrumento de barbarie que se ha venido utilizando de manera primitiva, sin considerar que lejos de alentar la democracia, contribuye a deteriorar ejercicios que por el bien común deberían ser sanos y de respeto, para no abonarle más a la degeneración nacional, que existe.
Aunque se considera que de alguna manera los debates influyen en la percepción de los electores y en la intención del voto, finalmente es en las urnas donde se decide la suerte de cada proceso y los candidatos, por su propio bien podrían evitarse el desprestigio de ser exhibidos en público, por acusaciones que difícilmente terminan por no comprobarse, pero que los dejan marcados de por vida.
Y esto es para todos los candidatos, porque aunque algunos son más intensos a la hora de acusar en los debates, otros con su silencio mandan mensajes de positivismo y tranquilidad, que al final hacen difícil medir a quien le va mejor. Si al que ataca, o al que ignora.
De ahí, que ya en asuntos de resultados, sea difícil saber realmente a quien o quienes benefician más el intercambio de expresiones, que originalmente se ciñen a temas de interés general, para terminar en enfrentamientos verbales, que se alejan totalmente del origen y propósito de la democracia.






